Con la petición general en una farmacia de un antibiótico, las personas se suelen referir a los antibacterianos. Medicamentos destinados a combatir infecciones provocadas por bacterias. Dos casos muy típicos son en infecciones de garganta y en infecciones de orina: en el primer caso, una amplia mayoría de veces, si la infección está provocada por una bacteria, esta suele ser del género Estreptococo; en el segundo caso, generalmente esta está causada por Escherichia coli.
También de forma general, las prescripciones facultativas que en las farmacias se pueden observar cuando tenemos el primer caso es una amoxicilina (antibiótico similar a penicilinas) con ácido clavulánico (un inhibidor de betalactamasas) y para el segundo caso una fosfomicina (un derivado de los fosfonatos).
La forma en que esto antibióticos actúan puede ser de dos formas. Por un lado tenemos cuando un antibiótico mata directamente a la bacteria (acción bactericida); por otro, cuando el antibiótico impide que esa bacteria pueda multiplicarse (acción bacteriostática). Para que el fármaco pueda hacer su acción correctamente, se necesita un tiempo concreto en el que la concentración de éste se mantenga entre la concentración inhibitoria mínima y la concentración máxima tolerada. Asegurándonos así la eliminación de las bacterias que están provocando la infección.
Los antibióticos son fármacos con una posología en la que debemos ser rigurosos y estrictos en cumplirla, ¿por qué? Para asegurarnos que la concentración del antibiótico en nuestra sangre está entre las dos anteriores el tiempo suficiente.
¿Qué pasa si la concentración del antibiótico en nuestra sangre baja de la mínima inhibitoria? Aquí es cuando las bacterias que no han muerto, porque el fármaco no ha llegado a ellas o lo ha hecho en una concentración muy pequeña, desarrollan una habilidad genética donde aprenden a defenderse de este antibiótico. ¿Y qué pasa con esto? Que aumentamos las probabilidades de que ese grupo bacteriano aprenda y la próxima vez que entre en contacto con ese antibiótico, este no sea capaz de acabar con estas bacterias. Las bacterias son listísimas, aprenden a defenderse. Es supervivencia.
Entonces no, no somos nosotros los que nos volvemos resistentes a los antibióticos, son las bacterias las que se vuelven resistentes como un mecanismo biológico de supervivencia.


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