Unos 10 segundos después de hacer una “calada” la nicotina tiene un impacto en el cerebro y afecta a las neuronas y los neurotransmisores; en concreto se fija uno de ellos, la acetilcolina, lo que causa una reducción en otros neurotransmisores estimulantes, como la noradrenalina y la dopamina.
En ese momento, la percepción subjetiva del fumador es que se calma su estrés. Pero el estrés que se alivia es el que ha producido su adicción a la nicotina y que ha alterado sus neurotransmisores cerebrales de forma creciente a lo largo de la vida.
En realidad los fumadores presentan mayores niveles de ansiedad y estrés percibido que el resto de la población. Es como en un incendio que alguien confundiera el pirómano con el bombero. Eso es justamente lo que les ocurre a muchos fumadores: no se dan cuenta de que el responsable del “incendio” es el cigarrillo.
La nicotina estimula la liberación de dopamina lo cual se asocia con sentimientos de placer y refuerza la adicción y el apego al cigarrillo. A menudo los fumadores necesitan incrementar sus niveles de nicotina (más caladas) para sentirse “bien”. Cuando los niveles de nicotina en el cerebro bajan demasiado por haber estado varias horas sin fumar aparece el deseo
compulsivo e incontrolado de fumar un nuevo cigarrillo. Esto es más evidente entre los fumadores más adictos o “enganchados”. En ese momento es cuando se sienten “estresados” y buscan donde sea un
nuevo pitillo para aliviar esa sensación. Las nuevas caladas proporcionan una sensación ilusoria de “relajación”.

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